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Notas

Modernidad líquida: noticias falsas, gente falsa y problemas reales

La mentira viaja más lejos y más rápido que la verdad. Lo incómodo es cuánto de eso lo ponemos nosotros.

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Modernidad líquida: noticias falsas, gente falsa y problemas reales

La mentira viaja más lejos, más rápido y llega a más gente que la verdad. Lo concluyó Sinan Aral, profesor del MIT, en 2018, al firmar un estudio sobre cómo se propaga la información falsa en Twitter. La conclusión se ha quedado corta: sirve para todo el ecosistema digital en el que vivimos hoy. Las noticias falsas circulan sin esfuerzo y el combustible lo ponemos nosotros. Más allá de los bots y de las campañas coordinadas de desinformación, es nuestro gatillo fácil —retuitear, comentar y compartir la imprecisión, la especulación y la conclusión apresurada de otro— lo que las pone a correr.

Uno de los coautores del estudio, Soroush Vosoughi, dejó un dato incómodo: la diferencia entre la velocidad de lo falso y lo verdadero se mantenía incluso después de eliminar de la base de datos todos los bots. Mantener bajos el pensamiento crítico y la comprensión lectora siempre ha sido la forma más eficaz de influir en la opinión pública, para quien tenga interés en mover los hilos.

Influencers falsos

La batalla por la influencia en la era digital ha creado una especie nueva. Los influencers construyen la reputación de sitios y productos de moda. Para enseñar sobre qué cimientos se sostiene la credibilidad de esa red de recomendación, en 2018 la agencia H2H, especializada en marketing de influencia, decidió fabricar una influencer desde cero.

Con 500 euros en compra de seguidores y un perfil trabajado hasta el último detalle, crearon la cuenta @almu_ripamonti, interpretada por una actriz. En tres semanas acumuló casi 100.000 seguidores, casi todos bots. No lo detectó nadie. A las pocas semanas le llovían invitaciones a fiestas, regalos y ventajas a cambio de una reseña favorable. Todas las marcas que se acercaron lo hicieron mirando una sola cifra: el número de seguidores.

Lo resumió Luis Díaz, director de la agencia que montó el experimento: para buena parte de este ecosistema la influencia digital es cuestión de cantidad. Más seguidores, recomendaciones más rápidas, más autobombo. Igual que las noticias falsas se propagan por nuestros clics descuidados, la gente falsa convence a las marcas con seguidores falsos.

Hackear el sistema

Hay plataformas que nacieron para democratizar la valoración de servicios y negocios dejando el poder en manos de los usuarios. Sobre el papel suena bien. En la práctica, hasta los sistemas aparentemente meritocráticos tienen grietas, y quien entiende cómo funcionan por dentro las aprovecha.

Oobah Butler tenía 27 años y trabajaba en Vice cuando, en 2017, convirtió la caseta de su jardín en el restaurante número uno de Londres sin servir un solo plato. Documentó cómo burló los algoritmos y los filtros de Tripadvisor fotografiando detergente, espuma de afeitar y esponjas como si fueran alta cocina. Cuando corrió la voz y la gente se desesperaba por reservar mesa, fue un paso más allá y sirvió una única cena real: cuatro sillas, comida precocinada barata y algo de puesta en escena bastaron para que los comensales creyeran estar viviendo algo exclusivo en el restaurante mejor valorado de la ciudad. The Shed at Dulwich ya no está en Tripadvisor, pero las cinco estrellas y los comentarios entusiastas siguen en los archivos. Y ni siquiera fue la primera vez que alguien lo hacía.

Un caso más reciente llega de Australia. El youtuber Stanley Chen explotó la misma vulnerabilidad desde otro ángulo: después de visitar un restaurante que servía congelados disfrazados de gourmet, montó uno falso, Nise Jangaru Ramen, con un giro propio. Servía ramen instantáneo a 40 euros el bol. Los clientes esperaban hasta tres horas por una mesa convencidos de que les aguardaba una experiencia culinaria exclusiva. Estaban comiendo fideos de sobre.

No culpes a los bots cuando nos comportamos como ellos

En todos estos casos la conclusión es la misma. Somos nosotros, los ciudadanos, con nuestra tendencia suicida a huir de la complejidad, evitar la verificación y renunciar al pensamiento crítico que debería protegernos, quienes facilitamos la perversión de lo que Zygmunt Bauman llamó el universo líquido. Y lo empeoramos con la obsesión de los medios por la velocidad, compitiendo con las redes sociales o, peor, usándolas como única fuente.

Sigo recordando el consejo que me dio un profesor sabio hace años: no dejes que nadie lea las noticias por ti.

Bonus track: el ego sigue mandando, dentro y fuera de internet

Un ejemplo elegante de cómo se hackea un sistema lo dio Alec Brownstein, un redactor publicitario que con seis dólares usó el ego de cinco directores creativos para conseguir entrevistas y, al final, un trabajo en Y&R Nueva York. Lo conté aparte en Hacking your dream job, en inglés.