La cumbre de toda buena fortuna
Lázaro de Tormes encontró la prosperidad en Toledo a cambio de no ver quién entraba en casa del arcipreste. Cinco siglos después, a eso lo seguimos llamando buena fortuna.
- Reputación
Tribuna publicada en El Mundo el 2 de noviembre de 2026.
Después de servir a unos cuantos amos, Lázaro de Tormes consiguió por fin, «con favor que tuve de amigos y señores», un oficio real, el de pregonero, y una casa en Toledo. A cambio solo tuvo que mirar hacia otro lado cada vez que su mujer entraba y salía de casa del arcipreste. Él mismo lo resume al final del libro: estaba «en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna».
No muy lejos de donde Lázaro vendió su silencio, hace unos días dos trenes segaron la voz de 69 personas y desgarraron la de cientos de familiares y amigos. Nueve meses antes, en Adamuz, en la misma línea, habían sido 46. Ciento quince en menos de un año. Después llegó el barro de las filtraciones y los relatos convenientes, réditos personales disfrazados de convicciones. Y un operario pagando el precio de todo el sistema.
Lo de Toledo pasó un día antes de que se cumplieran dos años de la DANA. Aquel 29 de octubre de 2024 la alerta sonó en los móviles a las 20:11, cuando, según el sumario judicial, la gran mayoría de las víctimas ya había muerto. El entonces presidente de la Generalitat valenciana entró en el centro de emergencias diecisiete minutos después. Luego, barro y más barro. Tardó un año en dimitir y se quedó el escaño. Las tragedias no se parecen. Lo de después, sí.
En este país se expropian los méritos y se delegan las culpas. Lo saben en tu familia y en la mía.
Mi padre vio cómo a mi abuelo Antonio se le partía el alma arando una tierra que nunca fue suya. En la mirada de mi padre hay muchos libros y enseñanzas, pero ninguna podrá eclipsar nunca la imagen de su padre inerte en aquella cocina, después de un infarto y de una vida lidiando con bueyes.
A mi abuelo Javier sí lo conocí. Pasó sus últimos años viendo cómo se le escapaban el oxígeno y la vida, tras décadas fumigando y escardando de sol a sol. Mi abuela Pura nunca olvidó a su padre entre rejas, represaliado después de la guerra. Votó toda su vida con miedo a que alguien descubriera qué papeleta metía en la urna, en un pueblo donde todos tienen apodo y etiqueta.
Con ellos vivía el hermano de mi bisabuela, mi Tata, ese inocente soldado de los dos bandos al que salvaron los fogones. Nunca pudo con el resorte que le hacía correr huerto adentro cada vez que un avión cruzaba el cielo.
Ninguno de ellos decidió casi nada de lo que le pasó. Y todos pagaron su precio y el de otros.
Así que ahórrense las etiquetas y la criba ideológica. Mi historia, como casi todas, hereda más desgracias que páginas de gloria, y sé bien quién paga los errores propios y ajenos y quién recoge los trofeos. Sé distinguir a quien viene a servir de quien viene a servirse.
Lázaro aprendió de cada amo a comer sin que lo pillaran y, en su cima, el arcipreste le recordó el precio: «no mires a lo que pueden decir, sino a lo que te toca, digo a tu provecho». Detrás de él ha venido una legión de Lázaros que ya sabe a lo que conviene mirar.
En un país que lleva casi cinco siglos leyendo el Lazarillo como un manual de instrucciones solo queda obedecer, prietos y firmes, desvalidos y necesitados.
Y callar me conviene, como le convino a Lázaro y nos ha convenido a casi todos, uno por uno, desde entonces. Cada silencio, por separado, sale a cuenta. Suma cinco siglos de silencios y te sale España.
Yo ya voy restando páginas al calendario, como cualquiera que haya pasado de los cuarenta, y no me asusta porque llevo más de 25 años de regalo. Así que, aunque no debo, se lo debo.
Se lo debo a mis padres y a mis abuelos. A los míos y a los tuyos. Y se lo debo a mis hijas, que un día preguntarán. ¿Qué les digo entonces, la verdad o lo que les conviene? ¿Que sean buena gente o que sean listas y no miren sino a su provecho?
No me fío del erial que les dejaré. Llevamos años usando como munición las defensas que a otros les costó siglos y sangre levantar, y la munición se agota. Les legaré un apellido, unas cuantas historias de la vida y del Espanyol y algunos textos tan contradictorios como su autor. No es mucho. Pero suficiente para que aprendan que también conviene mirarse al espejo.
Me hicieron así los que pagaron antes que yo. Y unos pocos de los que me pagaron el sueldo, como aquella gran jefa que, hace años, en una oficina con vistas a la Gran Vía de Barcelona, me enseñó que la responsabilidad no se delega.
No voy a pedirle nada a un ministro que ya ha decidido, una vez más, quién paga. Se lo exijo a los Lázaros que lo rodean, notarios de una inconveniente verdad. Se lo reclamo a quienes tienen el deber de plantarse y recordarle al arcipreste que su responsabilidad no se delega.
La mía, tampoco.